Los maníes caen en ese charco color oro y se deslizan hasta tocar el fondo de ese mar de burbujas. Parece una niña con esa sonrisa de oreja a oreja viendo como las legumbres saladas bajan y suben y bajan y vuelven a subir, aunque su mirada diga otra cosa. Sí, ¿qué tal? Un café irlandés por favor. Hay algunas personas en el bar, parecen ser cinco clientes más, la iluminación no es muy buena. Es como si fuese otro mundo con otro cielo, donde nadie sufre esa vertiginosa estructuración crónica-enfermiza de la ciudad, en donde ese ritmo víctimario espera del otro lado de la puerta de vidrio. Ella está sentada en una mesa contra la ventana, hay dos vasos. Gracias, muy amable. Está mirando para afuera mientras un tenue murmullo flota en este aire estancado, que parece un colchón de nubes. El encargado del bar, del cual jamás podré recordar el nombre, es un buen compañero para esas interminables noches de invierno. Escuché muchas historias de pobres diablos a lo largo de mi vida, y aunque fuera entre vaso y vaso, puedo concluir que la clientela de esta taberna es totalmente lamentable, que algunas historias te llevan al hastío, a querer padecer de sordera y no tener que tolerar más a esos imbéciles, pero hay otras que te revientan el corazón. Y siempre es la misma historia con esa historia que nunca escuché.
Entonces Fermín largaba una risa histérica y su diafragma dejaba de contraerse correctamente y a veces le faltaba el aire. Tenía que sentarse en una banqueta o apoyar su cuerpo contra la pared y relajarse. Y cada vez que le faltaba el aire y tenía un momento de pensamiento involuntario, terminaba recordando su vida, su casa, que era igual al bar, donde todo le era tan indiferente, tan apaciblemente molesto, tan raro. Y creo que se daba cuenta, mientras el diafragma se le contraía cada vez con más dificultad, que él era igual a esa gente, a la cantina, a todo, porque entonces abría la billetera y pedía que dejara la botella de ginebra. Yo le preguntaba si no creía que ya había bebido demasiado, y él me respondía que él diría cuando sería suficiente, así como pasan en las películas. Y este cliché cinematográfico renovaba esa extraña amistad sincrética que moría noche a noche, durante un invierno que pocas veces se da en la vida. Ese marzo se convirtió en un julio increíblemente frío, y Fermín cada vez se parecía más a un fantasma enano y morrudo, con la cara caída y los ojos tristes. No hablaré acerca de mi condición, pero me atreveré a decir que Fermín nunca se arriesgó a conversar con la muchacha por algún temor que desconozco. Yo sabía perfectamente que a él no le hacía bien venir acá, que ver ese vaso de cerveza sin tocar le hacía perder el aire. Pero era un gran actor y podía disimular muy bien la podredumbre que lo consumía lentamente. Hasta que un día me contó acerca de cuanto le hubiera gustado nacer en el campo, que odiaba la ciudad porque le recordaba a cosas feas, porque las ciudades se parecen a las piñatas, que contienen todo hasta que algo las hace reventar y ahí se va todo a la mierda, y con cada palabra que Fermín despedía por entre sus dientes, yo me percataba cada vez más y más que ya no lo vería nunca más. Y así fue. Fermín nunca se despidió de nadie, ni siquiera de mí. Ahora debe andar buscando las estrellas del campo y saboreando ese recuerdo amargo que le quedó de la ciudad. Y ella sigue acá, viendo como caen los maníes y suben y bajan y vuelven a subir. Y a veces yo también me prendo un cigarro, estiro las piernas y me deleito viendo como bajan y suben y bajan y vuelven a subir.
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